Reseña: Los niños imaginarios - Valentina Toro

Siempre me ha causado curiosidad escuchar a padres, personas en la televisión, e incluso a mis primos y a varios de mis compañeros hablar de los amigos imaginarios. Yo me daba cuenta de que mi hermana hablaba con alguien en su cuarto mientras jugaba con sus muñecas, e incluso hace un par de años mi sobrina también tenía una amiga imaginaria.

Cuando yo era pequeño jugaba con mis hielocos, con mis canicas, con un cojín en forma cilíndrica al que le decía Dulce, y con una oveja llamada Pelusa, la cual podía rellenar con ropa o con espuma. Hubo días en los que me senté en mi cama, o en el sofá en el que dormía en ocasiones, y llamé a ese amigo que nunca se hizo presente. Lo más seguro es que él se dio cuenta de que desde muy niño fui bastante autónomo, de pocos amigos y de pocos juegos, y pensó que no lo necesitaba. Hoy me gustaría contarle que muchos días quise hablar con alguien, tener con quien jugar, porque la imaginación no siempre fue suficiente.

El caso de Lorenzo no es igual al mío. La muerte de su padre hizo que su mamá decidiera que lo más conveniente era mudarse a la casa de la abuela paterna, Flora, quien habitaba en una casa muy cercana a un bosque que parecía tener vida propia. En ese lugar, la vida de Lorenzo cambió por completo, y no solo por el misterioso bosque o por lo particular que era su abuela, sino por la aparición de los seres que le cambiarán la vida y que le dan el nombre al libro protagonista de esta reseña. En esta oportunidad vamos a hablar de “Los niños imaginarios” de la escritora colombiana Valentina Toro, publicado por Intermedio Editores.


Al igual que “El pájaro de ébano”, el anterior libro de Valentina, esta obra también está enmarcada dentro de lo fantástico, con un cierto toque del horror que tanto ama la autora. Bajo este halo se construye el camino de Lorenzo por el lugar en el que su padre creció, por las cosas que su progenitor vivió, por los secretos escondidos en la zona, y por las situaciones de las que el empezará a ser testigo y parte desde su llegada a la casa de su abuela Flora, un espacio que lo hará enfrentarse con sus mayores miedos, y empezar a visualizar de una manera diferente su futuro.

Lo primero que vale la pena mencionar es la notable evolución de la autora en su estilo de escritura, el cual se siente más pulido y acertado, cosa que se evidencia en lo que respecta a las descripciones, las cuales siguen siendo adecuadas, pero ahora no rozan lo excesivo, no llegan a ser pesadas en ningún momento, no cargan en extremo la lectura, sino que son suficientes para que nosotros como lectores nos encarguemos de pintar la escena por completo; en el mismo sentido podemos hablar del ritmo dentro de las pasadas 200 páginas de esta obra, el cual se mantiene de muy buena manera, sosteniendo la inquietud sobre las situaciones que se plantean, y el ánimo por seguir adelante hasta llegar al final. “Los niños imaginarios” no se siente ni muy corto ni muy extenso, sino justo para lo que cuenta.

Estamos frente a una novela juvenil (12 a 16 años) que fácilmente puede ser disfrutada por un adulto, por un adolescente, y por un niño en compañía de un adulto. La autora logra tocar temas sumamente álgidos y delicados como la pérdida de un ser querido, la adaptación a un nuevo lugar permanente, la actitud de los niños frente a los problemas de los adultos y viceversa, la soledad, entre algunos, sin complejizar la historia, sin hacer que la narración pierda el rumbo. Esto para mí fue lo más valioso, pues esta es una historia con mensaje, una historia que deja pensando, una historia que permite reflexionar sobre muchos temas, una historia que seguramente nos hará entender muchas cosas y ser tolerantes con algunas otras.


Pero esta aventura no sería nada sin sus protagonistas, y vale la pena hablar un poco de ellos. Lorenzo es un personaje superior, de esos que se hacen indelebles en nuestra memoria, cargado de ternura, de inteligencia, de las preguntas propias de su edad, de miedo hacia lo desconocido, pero aún así muy valiente. La abuela Fátima es un ser misterioso, cómico, sabio y que puede ver más allá de lo que los demás notan. Los niños imaginarios son sencillamente increíbles, astutos, sagaces, temerosos pero decididos, comprometidos con sus objetivos, y terriblemente impertinentes; no puedo dejar de hablar de Aurora, un ser sorprendente, una niña imaginaria clave en el desarrollo de la historia, y de quien espero se enamoren tanto como yo. La obra cuenta con un grupo de personajes en el cual se nota el crecimiento, el impacto de las cosas que van sucediendo, las cicatrices de lo vivido, y eso es algo que valoro mucho.

Y en este mismo sentido, a medida que fui leyendo aprecié puntos de encuentro con un clásico de literatura universal como lo es “Peter Pan”, pero no porque se trate copiar ni mucho menos, sino porque le rinde un homenaje válido, respetuoso, que denota el amor que seguramente la autora siente por esa historia que ha inspirado a cientos de miles a mantener los valores de la infancia y jamás olvidar a nuestro niño interior.

Además de escritora, la autora de este libro es una ilustradora portentosa, y en esta obra se entrega por completo. La parte gráfica de este relato potencia sobremanera la narración, hace parte de ella, genera una experiencia de lectura más rica, me hizo sentir mucho más dentro de la historia, y eso es algo sencillamente increíble. Ese camino que recorren las ilustraciones de Valentina Toro entre lo oscuro y lo enternecedor, es único y encantador. En serio, es imposible no enamorarse del trabajo de esta mujer.

“Los niños imaginarios” de Valentina Toro era un libro al que le traía medianas expectativas, pero que me sorprendió por completo, y de manera muy grata. Una historia llena de mensajes para la vida, de reflexiones frente a las situaciones difíciles, que resalta el valor de los recuerdos, de la familia, de aceptarnos como somos, entre muchas otras cosas más. Una muestra perfecta del poder que tiene una novela en donde lo escrito y lo gráfico van en un mismo sentido, y tienen la misma fuerza. Estoy seguro de que disfrutarán tanto como yo adentrándose en este particular bosque y corriendo junto a niños que andan en cuatro patas.

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