viernes, 16 de diciembre de 2016

Reseña: Ocho lugares que me recuerdan a ti - Alberto Villarreal

Nos conocimos hace unos años. Soy estrictamente puntual y ese día no fue la excepción. Aún no sé por qué esperé 30 minutos después de la hora pactada si es algo que nunca hago y no tenía interés alguno en la persona que venía en camino; la vida funciona de formas inexplicables.

A primera vista fue algo deslumbrante. Sus ojos me desconcertaban, agradaban e intimidaban al mismo tiempo, pero igual, no pude ocultar mi enojo por todos los minutos que estuve repitiendo pasos mientras la gente seguramente me tildaba de loco.

Caminamos juntos las aceras atestadas de personas esclavas de sus relojes y de necesidades ávidas de solución. Caminamos con nuestras palabras como compañía y nuestras sonrisas como cómplices, hasta que llegamos a un lugar de comida rápida para almorzar algo ligero, sin saber que ese sería el primero de los cientos de lugares que visitamos juntos; ese fue el primer escenario del cuento que escribimos sin darnos cuenta y que nos marcará para toda la vida. 

Quizás ese sitio no tenga nada de especial, ni sea el más fino del mundo o el más exclusivo, pero allí ante cuadros de lechugas frescas y olor a chipotle, fue donde todo empezó. Ese espacio guarda la magia que nos hizo ser nosotros mismos.

El reloj marcaba las cinco y como dicen por ahí, “la noche era muy joven”, así que ingresamos a un terreno de luces e imaginación, de música estridente y meseros heróicos en donde rodeados de muchas otras almas, empezamos a conocer un poco más del otro, mientras el trago sobre la mesa desaparecía al tiempo que nuestras barreras. No fue amor a primera vista por supuesto, pero algo hizo click en mi interior desde el preciso momento en que nos conocimos. 

Recuerdo las ganas exacerbadas en nuestra segunda cita de tomar su mano en el cine como hacían todos los que nos rodeaban, pero los nervios y el miedo fueron más fuertes y preferí cruzarme de brazos a pesar de sentir que mi juego iba a ser correspondido. En el silencio de esa sala apenas interrumpido por el crujir de las palomitas dando su despedida final, pasamos horas enteras acercando nuestros brazos para cuidarnos con el calor de nuestros cuerpos, colocando nuestras manos en las piernas del otro, o simplemente mirándonos de manera inusitada pero muy nuestra, para decirnos cosas que no necesitan palabras para ser entendidas.

Hoy frente al computador hago un gesto de picardía al recordar nuestro plan de dejar algo de nuestro amor en todos los lugares que recorriéramos, y así lo hicimos sin importarnos más que el otro y que nosotros mismos. Sin importar nada más allá de ese ser que juntos construimos y que nadie podrá quitarnos.

Miro al techo tratando de encontrar palabras que me permitan expresar lo que significó ese bosque que nos acogió mientras en su rostro no cabía una muestra de alegría más al verme realizado por hacer lo que tanto me gusta. Me perdí entre miles de páginas con flores de colores fuertes, pájaros desafinados y un par de iguanas embusteras, pero siempre observe a esa otra persona que era feliz viéndome feliz, sin importar que todo a su alrededor le fuera ajeno o extraño.

Pero no todos los lugares que visitamos fueron perfectos, pues algunos representaron quiebres y desenfados, que al final del día terminaron por acomodar esas piezas que aunque no aceptáramos, nos afectaban y herían. Recuerdo su irresponsabilidad cuando me vi sentado en una silla de la sala de urgencias repleta a las dos de la madrugada muy lejos de casa, con los ojos rojos por la ira y las rodillas temblando por el aura de la montaña que nos arropaba. Recuerdo sus lágrimas ante el abrazo fundido que nos confirmó que, imperfectos y llenos de defectos, estábamos el uno para el otro, y que de eso se trataban las cosas.

Recuerdo aquel metro a muchas millas de distancia en donde forrado con una bufanda que se paga con un mes de sueldo trataba de seguir a flote en unas vacaciones inolvidables, mientras su hombro me servía como almohada y su palabra como aliento. Recuerdo las cervezas a la una de la mañana mientras en la esquina una fila de vidas con sus propias historias esperaba por el mejor trozo de pizza de la ciudad, al tiempo que nosotros reíamos por mis pies cansados y el saldo en rojo de la tarjeta de crédito.

Aquí, mientras mi celular descansa sobre la billetera y mi compañero de oficina mira disimuladamente qué estoy haciendo, recuerdo las palabras de un amor de alguien más que un día me dijo que somos mucho más de lo que vemos, y que los pedazos que nos hacen lo que somos, no vienen solo dados de nosotros mismos ni de la gente que está a nuestro alrededor, sino de las experiencias que nos permitimos vivir, y de los espacios que acogemos como nuestros.

Y sí, los lugares que visitamos fueron el escenario de la historia de amor que sin un libreto y sin buscar el papel, terminamos actuando, y de la cual fuimos el único público importante, y estoy seguro que los aplausos que nos dimos, son el mayor reconocimiento que todo lo que nos regalamos puede llegar a recibir.


Tuve la oportunidad de conocer al autor del libro protagonista de esta reseña durante un conversatorio que sostuvimos en Bogotá hace tiempo atrás, y al instante me hice el compromiso de leer lo que su inspiración había impreso en el papel. Es tiempo de hablar de “Ocho lugares que me recuerdan a ti” de Alberto Villarreal, uno de los booktubers más importantes de habla hispana.

Aquí nos encontramos con Santiago, un universitario mexicano que cree que el amor es una pendejada de la cual es inmune, hasta que… Creo que el resto de la historia ya muchos la conocemos.

Este es el primer punto del que quiero hablar, y es que la historia de Santiago sigue de manera muy estricta las estructuras de muchas de las novelas, comedias o melodramas de índole romántico que ya hemos visto en cualquier lugar, lo cual hace que la experiencia con el libro sea completamente predecible y poco sorpresiva.

Para mi poca fortuna, desde el preciso momento en que conocí a cada uno de los personajes, ya sabía exactamente qué iba a pasar con ellos, y las pocas sorpresas que se me plantearon, fueron tremendamente gratuitas y forzadas. Alberto incluye en este libro temas muy actuales y de gran peso para el público que transita en la adolescencia, y entre la juventud y la adultez (bullying, reconocimiento sexual, papel de los padres en la vida de los hijos, entre algunas otras), pero no creo que la forma en que lo hizo haya sido la más acertada, pues no los desarrolla ni a fondo ni tímidamente, sino que están puestos ahí, como un ingrediente más que no termina de encajar en el platillo.

Y con los personajes pasa algo similar, y es que son planos y muy genéricos, y al menos a mí, me transmitieron muy poco (además de que ya presentía el destino de todos... Y acerté). Quisiera haber podido generar empatía con alguno, u odiar a otro, pero todo pasa tan rápido y las descripciones y detalles son tan mínimos, que es imposible llegar a generar un sentimiento en común, al menos para mí. Dentro de ellos se movían cosas que sencillamente nunca percibí, y si las percibí, fue muy poco lo que les creí.

Lanzamiento en la FIL Guadalajara
En cuanto a la trama, siento leerme repetitivo, pero la situación que encontré es la misma. Hay un estándar al que uno puede apegarse y que es como la vida misma, pero ahí están los condimentos para salirnos del molde y ofrecer algo más, lo cual no me pasó aquí. La seguidilla de acciones además de conjeturable, era demasiado arbitraria y con un desarrollo que queda en deuda.

Cuando pensé en escribir esta reseña, y viendo que los personajes, las situaciones, y la trama no me llegaron en lo absoluto, quise aferrarme al sentimiento central de la obra, pero en este rubro el monto tampoco me es suficiente. A pesar de que en el texto hay momentos de lucidez y frases de esas que se quedan para la posteridad, lo rápido que pasa todo y las pocas explicaciones que la obra otorga, no ayudan en mucho.

Hay algo que resaltó dentro del libro, y es que la escritura de Alberto es limpia y el trabajo de corrección de estilo se nota, y eso es algo de agradecer y que los lectores debemos exigir, pues estamos pagando por lo que leemos, y es lo mínimo que merecemos por ello. Adicionalmente, es una historia que se transita de manera muy cómoda y que en menos de lo que imaginas ya estás terminando, y eso es posible gracias a la sencillez que la permea.

Desde el primer momento en que vi la portada, y conocí el título del libro, hubo algo que me llamó la atención más allá del parecido del modelo con el autor, y fue la historia que me imaginé con las letras que allí encontraba, y con todo lo que el autor por sus redes sociales había dicho a modo de expectativa. Santiago recorre los lugares que le recuerdan a la persona a quien ama, pero ese recorrido se queda en un pequeño número de buenas páginas que mueren en un santiamén y no tienen significado por sus descripciones (a pesar de que hace un par bastante buenas, pero solo eso), sino por la simple mención de que son los lugares que se la recuerdan. Las latitudes por las que se mueve este libro dan un espectro imaginativo y de creación increíble para que el título de la historia hubiera sido aprovechado, y no hubiera quedado solo en una promesa.

“Ocho lugares que me recuerdan a ti” es un libro que me plantea un dilema tremendo (además del referente al negocio editorial), y es el no haberme generado ni despertado nada lo suficientemente positivo o negativo como para permitirme sentirlo, lo que hará que pase desapercibido y que en mi memoria quede como la primera obra de una persona que me cae bien, pero del cual seguramente no recuerde nada con el paso del tiempo.



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