miércoles, 21 de diciembre de 2016

Reseña: Las ciudades de acero (El constructor de árboles 1) - Chris Howard

Para nadie es un secreto que las riendas de este mundo las llevan en sus manos unos cuantos que se han encargado de que todo funcione a su antojo, mientras el resto simplemente caminamos como borregos, ya sea de manera consciente o inconsciente, hacia el rumbo que ellos quieran fijarnos. Por supuesto que hay excepciones a la regla, pero en una sociedad colapsada, iracunda e indiferente, asumir ese rol es algo ingrato, demandante y en muchos casos inútil.

Nos hemos montado en un bólido que va a toda velocidad con el crecimiento como destino, sin importar a quien se lleve en el trayecto ni los efectos que su carrera sin paradas puedan generar; quizá no hemos comprendido aún el concepto de desarrollo y lo valioso que este resulta. Vivimos en un mundo de resultados, mediciones e indicadores en donde los seres humanos hemos adquirido un rol mecánico que ha devenido en la pérdida o transformación de nuestra esencia, algo así como una especie de "evolución" de nuestro estado en el universo que al menos a mí, me resulta bastante particular.

En la literatura, el cine, la televisión, la música, y en las demás formas de expresión humanas existentes se ha tratado de vislumbrar el futuro que nos espera de continuar el camino que estamos siguiendo, pero ¿qué nos espera en el horizonte? La respuesta a esa pregunta aún no ha sido escrita, pero a mi modo de ver, no es la más alentadora.

Soy un seguidor ferviente de este tipo de historias que intentan jugar de adivinas en el destino del mundo, y gracias a eso llegué al libro protagonista de esta reseña. En esta oportunidad vamos a hablar de "Las ciudades de acero" de Chris Howard, la primera entrega de la trilogía "El constructor de árboles".

Aquí nos encontramos con la historia de Banyan, un constructor de árboles de acero y materiales reciclables en una era en donde el hombre se encargó de acabar con casi toda la fauna y la flora del planeta, quedando apenas maíz (producido y controlado por una empresa omnipotente) y langostas como sobrevivientes de esta extinción masiva. Banyan pierde a su padre y debe enfrentarse completamente solo a todas las situaciones que le plantea el mundo en el que vive, hasta que un día ve algo que hace que su existencia vuelva a tener un objetivo...


Lo primero que debo resaltar, y que ya es algo reiterado, es la calidad del producto que Panamericana Editorial ofrece, tanto en el trabajo de edición que se le hace al texto original, como en la propuesta física de lo que entregan. En serio, es de agradecer que en un país en donde el precio de los libros está por las nubes, tengamos la opción de conseguir tapa dura, impresión sobresaliente y papel de calidad por un precio tan bueno (publicidad política no pagada).

Adentrándome un poco en la historia, me es fácil definirla en una palabra: frenética. A medida que vas leyendo te va llegando información por todo lado, de todo tipo y sin espera, además que pasa de todo en todo momento, lo cual hace que el ritmo de lectura sea muy ágil y que no quieras parar de leer. La trama que se plantea está llena de acción, giros interesantes y un grado de complejidad perfecto para que cualquiera pueda disfrutar de esta distopía. Ojo, los primeros capítulos pueden tornarse algo lentos, pero tranquilos, después no hay forma de disminuir la velocidad.

Sin embargo, ese ritmo arrebatado deja la sensación de que hay muchas cosas que se dan por entendidas, que no se explican, que se explican sin sustento lógico o que terminan por ser simples adornos que nada tienen que ver con lo que se está contando. Puede que muchas de estas cosas estén sembradas para recogerse en los dos libros siguientes, pero dejan un sabor de boca poco agradable durante la degustación de esta primera entrega. Grave problema.

Chris Howard crea un mundo post-apocalíptico con todas las de la ley, con descripciones claras y un grado de detalle que se agradece, pues no se queda en decir que el mundo afrontó una crisis que lo llevó al estado en que se encuentra y que muchos buscan perpetuar, sino que nos cuenta a qué se dedica la gente, cómo vive, cómo se transporta, de qué se alimenta, dónde vive y cómo llegó allí (gracias por darnos un contexto, así sea extraño e ilógico), y además de eso nos regala una langosta y un tarro de maíz para que nos dispongamos a viajar con un traje de protección violeta por medio de carreteras desoladas en donde lo único seguro es que la arena puede castigarte y que la humanidad ha logrado sobrevivir sin importar la falta de árboles (¿?). Claro, no puedo dejar de decir que este mundo me recordó mucho al propuesto por George Miller en la soberbia "Mad Max" (una distopía DEL CARAJO), el cual es oscuro, mórbido y desconcertante, pero Howard tiene la habilidad para hacerlo muy suyo y dotarlo de elementos que le dan identidad y lo hacen hasta cierto punto diferente, aunque algo dudoso para mi gusto.

Lo anterior aporta sobremanera a lo vívidas que se sienten las situaciones que se van sucediendo sin pausa en el recorrido por las pasadas 300 páginas que componen esta historia, pues el sentido explícito y de especificidad que se maneja hace que todo se sienta muy cercano y que te involucres con las acciones y los sentimientos que los personajes van atravesando.

En este mismo sentido los personajes están puestos casi todos en el lugar indicado y cumplen con una función importante en la trama, aunque a veces no terminemos de entenderlos por completo debido a la cantidad de cosas que les pasan y lo imparable del ritmo del libro. Aplaudo que el autor haya querido salirse de la corriente de tópicos y generalidades que abundan en las distopías juveniles, tratando de alejarse de algunas de ellas con respecto a la forma que deben o no deben ser los personajes, aunque hay otras en las que cae con todas las ganas del mundo. Amé con locura a Alfa, y espero con ansias saber qué le depara el camino.

El principal motivo por el que elegí está lectura es por mi sentido ambientalista y por la promesa que pensé el título me estaba realizando, la cual Howard cumple hasta cierto pues toda la acción se centra en las repercusiones que tienen las acciones de los hombres sobre el destino del planeta, y el planteamiento de un futuro a partir de ello, con los árboles con pilar. Desafortunadamente muchas de las explicaciones y de los hechos que soportan todo, se me hicieron bastante absurdos, desatinados y salidos de todos los cabales habidos y por haber; y sí, en la literatura se puede hacer lo que se quiera, pero esto es algo que no terminó de convencerme. Problema gravísimo desde mi punto de vista.

Sin embargo, Howard logra que las fallas y las desconexiones causadas por la manera en que explicaba ciertas cosas (y las cosas que ciertamente no explicaba), pasen a un segundo plano por lo poderosa y adictiva que resulta su narrativa, lo cual considero es uno de los mayores logros que un escritor puede tener, y que no todos ostentan.

"Las ciudades de acero" es la primera parte de una saga con importantes fallas y errores garrafales de planteamiento, que no resultan suficientes para opacar una historia oscura, rauda y curiosamente innovadora. Un trayecto sombrío, entretenido, lleno de sangre, cargado de sentido aleccionador y de tramos de acción apasionantes que a pesar de un soporte irracional, quiero seguir caminando. Espero poder ver muy pronto como se desarrolla todo lo que ha quedado en el tablero. Sé que esta reseña puede parecer bastante rara, pero esa es la manera de describir mi experiencia con esta obra, la cual es tremendamente extraña.


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