jueves, 20 de octubre de 2016

Reseña: La corriente - Juliana Restrepo


Eran más o menos las 6 de la tarde y ahí estaba, en plena avenida principal con mi mano levantada. Había salido a almorzar con un par de amigos y luego de risas y todo lo que suele suceder en ese tipo de reuniones, vi como el sol iba apagándose y salí despavorido del centro comercial a buscar un taxi que me llevara lo más deprisa posible a casa. Odio profundamente que el último día de descanso del fin de semana me agarre la noche estando en la calle, y ese lunes festivo no era la excepción.

Esperé 15 minutos hasta que un bólido con varios años encima respondió a mi mano levantada. El conductor era un hombre de uno 55 años aproximadamente, poco canoso para lo que valdría imaginar, con una notoria baja estatura, una barriga no tan tímida y en evidente proceso de crecimiento, un saco azul oscuro y una camisa de cuadros blancos y azul claros. Desde el espejo retrovisor pude ver sus ojos y algo del rostro, con lo cual me hice la imagen de un hombre bonachón, trabajador y algo tierno.

Apenas habíamos avanzado una cuadra cuando mi olfato percibió algo que no me gustó. El conductor me sonrió antes de preguntarme si había olido algo raro, a lo cual asentí no sin antes restregar una mano en mi nariz y abrir la ventana tanto como pudiera.

La noche del viernes de ese mismo fin de semana un par de señoritas entaconadas, de vestido corto, con iphone en mano y una cantidad exorbitante de alcohol en sus cuerpos habían subido a ese taxi que planeaban las llevaría desde la zona más prestigiosa de rumba de la ciudad, hasta la casa de una de ellas, ubicada en uno de los barrios más cachesudos del país.

El tono de voz de ambas había adquirido un deje peculiar, que incluso podría llevar a pensar que estaban hablando en un idioma que ellas mismas hubieran inventado. Sonreían incluso sin tener motivo, tecleaban insistentemente sus teléfonos celulares y maldecían nombres masculinos a diestra y siniestra. En cierta etapa del trayecto le pidieron al conductor poner una emisora de radio en específico y con notas desafinadas y un baile sensualongo le regalaron a este un espectáculo inolvidable.

Eran más o menos las tres de la mañana cuando el taxista percibió lo mismo que mi olfato había sentido ese lunes festivo, pero elevado a una fracción incalculable. "Boba, bautizaste el carro" dijo una de las chicas riéndose de manera contagiosa, mientras la otra dejaba los restos de una rumba más, tatuados en la tapicería del vehículo. El conductor abrió la puerta y mientras salía para tratar de ayudar a sus pasajeras, estas se alejaban tambaleantes del carro, sin rumbo fijo, y con sus carteras al hombro y los tacones en la mano.

El personaje que me estaba llevando a casa era el mismo que había sido víctima, por decirlo de algún modo, de este par de señoritas que se encargaron de darle un desagradable nuevo capítulo a las memorias que junto a su carro amarillo llevaba 15 años creando, según me dijo. Cuantos cuentos vamos escribiendo a diario sin proponérnoslo.


Dentro de las cosas bonitas que me ha dejado abrir este espacio, hay una que resalto cada que puedo, y es la oportunidad de conocer propuestas independientes y diferentes, y más cuando provienen de la casa. Angosta Editores nace gracias al trabajo conjunto de muchas cabezas, lideradas por el autor colombiano Héctor Abad Faciolince, quien un día decidió que había que crear un micrófono para que nuevas voces con mucho por decir tuvieran la oportunidad de ser escuchadas. "La corriente" de Juliana Restrepo es el primer hijo de esta iniciativa, y el libro protagonista del día de hoy.

En pocas más de 100 páginas la autora recopila una serie de cuentos cotidianos que al parecer recogen vivencias seguramente personales, otras tantas ajenas, y probablemente algunas producto de la imaginación.

Juliana Restrepo no escribe historias, sino que se sienta a nuestro lado como si fuera una amiga de años y nos las cuentas. Más que un ejercicio de lectura, "La corriente" se siente como una charla con la autora, quien nos habla en nuestro lenguaje, con nuestras palabras, y de cosas que nos pudieron haber pasado hace un rato. Este sin duda alguna es el mayor logro en la propuesta, pues hace que leer sea una experiencia mucho más íntima.

El estilo narrativo es sumamente agradable y no permite desconexiones. Leer "La corriente" es cuestión de suspiros en un paseo al parque, de fantasías en medio de clases, de recuerdos en una pista de baile, de esperanzas en pleno vuelo a París, de apretones de manos sorpresivos, o de remordimientos por los amores que no fueron y que siempre se llevaremos encima. Aquí no hay complicaciones, estructuras complejas ni palabras rebuscadas; aquí hay un lenguaje sencillo, textos amables y de mucha calidad.

A pesar de que la mayoría de historias transcurren en una atmósfera social acomodada económicamente, por así decirlo, el trasfondo de cada uno de los cuentos es la corriente por la que la vida de cualquiera puede sumergirse. Pasearte por estas anécdotas es descubrirte a ti mismo, a tu yo de hace unos años, a tu vecino, a tu compañero de oficina, a la persona que está a tu lado en el transporte público, e incluso a aquellos a quienes no has tenido la oportunidad de tan siquiera ver.

Además de lo ya mencionado, y como plus, el libro guarda un sabor antioqueño que se siente en gran parte del contenido y en la mayoría de los cuentos, y que seguramente significará un apretón más en el lazo que se cree con la obra para los coterráneos de la autora que la lean.

"La corriente" es una muestra de que para hacer grandes cosas, no se necesitan ni "grandes" nombres ni libros gruesos. Juliana Restrepo sorprende con un estilo ligero, fresco, ágil y chévere, con el cual es muy fácil encariñarse. Este es uno de esos libros que sencillamente no puedes parar de leer.



1 comentario:

  1. Gracias por escribir. Me ha gustado tu comentario respecto al libro, pero te invitaría a editar este texto, ya que tiene algunos errores en la redacción.

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