lunes, 29 de agosto de 2016

Mi tiempo con Jacqueline Goldberg...

Hace unas semanas llegó a mi casa un niño rebelde, malgeniado y mal mirado. El pequeñín se resistía a dormir, desayunar, asistir al colegio o hacer cualquier actividad a la hora normalmente aceptada. Aunque no fue sencillo, nuestra convivencia de a poco mejoró, y cuando menos lo pensé, estábamos sentados en el cuarto comiendo pan, café, huevos y fruta antes de irnos a dormir. 

En esta oportunidad quiero presentarles a una laureada poeta y escritora de literatura infantil venezolana. Este es mi tiempo con Jacqueline Goldberg...



¿Cómo van las cosas por Venezuela?

Van. A ciegas. Con muchas dificultades, una cotidianidad atroz, días de encierro. La escritura en ese contexto es jadeante, una batalla contra el infortunio. Pero también va. Los rumbos son impredecibles. Hay que seguir haciendo lo que uno hace, porque cuando esto acabe —lo bueno y lo malo tienen fin— no quiero que el destino me pille con las manos vacías.

¿Por qué decidiste empezar a escribir?

Porque me sentía sola, ajena al mundo que me rodeaba. Necesita hallar fuerzas para cuidarme del matoneo del que era víctima en el colegio. Escribir se hizo refugio, paz, territorio ganado. Tenía yo ocho o nueve años. Comencé escribiendo textos narrativos. Alrededor de los trece años descubrí la poesía y solo leí y escribí poesía. Esos caminos iniciales e inciertos se hicieron formales y una decisión de vida a los dieciséis años, cuando entré en un taller literario y en la universidad.

¿Cuál es la importancia de tratar con los niños temas tan trascendentales en la vida, como lo es la muerte?

No hay temas tabú. Los niños los descubren todos por sí solos. Es mejor hablarlos, mostrarlos. La escritura es uno de los posibles caminos para poner sobre el tapete aquello que la realidad impone de golpe.

Mi primer libro infantil, "Una señora con sombrero" (Monte Ávila Editores), habla de la muerte. No creí que era un libro para niños, lo escribí sin pensar en formatos ni público. Mis amigos vieron en él un tono infantil y me sugirieron mostrarlo a un editor de obras para niños. Lo hice con resquemores y la editorial decidió publicarlo con ilustraciones. Era 1992. Había pocos libros que hablaban a los niños sobre la muerte de un abuelo, al menos no en mi país. La recepción fue muy positiva, una verdadera sorpresa para Monte Ávila Editores y para mi. El libro tuvo alrededor de quince reimpresiones y hoy está sumergido en el limbo que es la editorial del estado en Venezuela. Debo rescatarlo de tan oscuras garras.

Todas nuestras acciones en la vida persiguen un objetivo, desde el crecimiento profesional al estudiar una maestría hasta el simple hecho de quedarnos todo el día en la cama un fin de semana para descansar. ¿Qué objetivo persigues con tus libros?

No hay un objetivo tangible mientras escribo, ni siquiera cuando publico. Todo lo que se asocia al libro como pulsión puede parecer banal: ¿ego, catarsis? No tiene un escritor obligación de conceptualizar sus despropósitos. Eso lo hace luego el mercado y la crítica. Los libros son necesidades interiores, hay que confiar en que muchas otras personas anhelan lo mismo y que el libro algo dirá más allá de quien lo escribe.

Para muchos la literatura infantil puede parecer un ejercicio fácil y bastante simple, pero tengo muy claro que no es así. Enseñar algo y mantener la atención del niño, no debe ser tarea fácil. ¿Qué hay que tener presente a la hora de escribir y generar contenidos para los más pequeños del hogar?

Sin duda la recepción de un libro infantil implica elementos éticos que pueden pasarse por alto en lecturas dirigidas a adultos. La responsabilidad es enorme. Cada palabra tiene un peso que puede modificar conductas. Pero esa reflexión aparece con el texto ya escrito. Los retoques que exige un libro infantil obligan a revisar elementos éticos, sociales, que el lenguaje sea sencillo sin perder belleza, que no sea fácil pero tampoco extremadamente exigente. A mi me importa mucho la belleza del lenguaje, su apego a las reglas de nuestra lengua, su poder de insertarse en la literatura. Todo libro infantil debe generar placer en la lectura de un adulto, al menos eso intento.

¿Cuál es tu desayuno perfecto?

Aquel que tiene leche con chocolate y mucho tiempo para conversar. Intento que así sea todos los días, como si fuese domingo. Es la clave de un buen día.

Los seres humanos somos seres como una capacidad invaluable a mi modo de ver y es la del cambio; un día hacemos algo y quien sabe al otro en donde nos encontremos, hoy actuamos de un modo y mañana podemos hacerlo de otro, hace una hora tuvimos un mal rato y ahora mismo tenemos una grandiosa idea que puede cambiarnos la vida para siempre. Para ti ¿qué es lo más bonito del ser humano?

Justamente esa capacidad de esperar lo maravilloso tras cada momento, aún en medio de lo más terrible. Me maravilla nuestra capacidad de sobreponernos, de cambiar, de ver el mundo distinto en cada etapa de nuestras vidas. Me maravilla cómo el sueño y el pasar de los días repara el cuerpo y el alma.

¿Cuál es la importancia de leer en familia?

La lectura es soledad. Así la he disfrutado siempre. Leer en familia abre otras posibilidades de interpretación, de vínculos con la realidad circundante y, lo que es fundamental, es la mejor excusa para estar juntos en un ambiente grato. Nunca leemos sino es con agrado, gratitud y paz.

Dudar hasta de la duda dijo el filósofo… ¿Por qué?

La duda es una alerta, nos reafirma. Hay que dudar —poéticamente, sin actitudes enfermizas— de todo lo que vemos, escuchamos, hacemos. Y cuando se duda de todo para emprender belleza, reflexión y armonía, la duda también entra en duda.

El siguiente paso para Jacqueline Goldberg es…

Ojalá presentar “El niño que desayunaba de noche” en Colombia, desayunar de noche un Ajiaco. Y seguir escribiendo, siempre.



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